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Por qué la seguridad de las comunicaciones sigue siendo un problema humano

Las nuevas aplicaciones van y vienen, pero los problemas fundamentales persisten. La seguridad de las comunicaciones gubernamentales depende, en última instancia, del comportamiento humano.

31 de agosto de 2026

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David Wiseman

Este artículo se publicó originalmente en The Federal News Network. Reproducido con permiso.

Durante años, las comunicaciones del Gobierno se desarrollaban dentro de unos límites bastante claros. Los asuntos oficiales se gestionaban a través de los sistemas oficiales. Los empleados disponían de teléfonos, cuentas de correo electrónico y redes del Gobierno. Las comunicaciones personales se llevaban a cabo en otros canales.

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El sistema nunca fue perfecto, pero establecía una distinción clara. Si un empleado federal utilizaba un dispositivo proporcionado por el Gobierno, no había lugar a dudas sobre qué normas se aplicaban, qué información debía almacenarse en él y qué responsabilidades conllevaba su uso.

La tecnología fue borrando poco a poco muchas de esas distinciones.

Hoy en día, el mismo dispositivo puede servir para enviar un mensaje de texto familiar, mostrar una tarjeta de embarque, recibir una notificación bancaria y participar en una conversación sobre asuntos gubernamentales delicados. Los smartphones han fusionado actividades que antes se desarrollaban en ámbitos separados, y la mayoría de la gente se ha adaptado sin darle muchas vueltas.

Ese cambio ayuda a explicar por qué los debates sobre las comunicaciones seguras siguen resurgiendo. Los nombres de las aplicaciones cambian, pero las preocupaciones rara vez lo hacen.

«Existe una tendencia humana a pensar: “Voy a usar la misma aplicación que utilizo para todo”», afirmó David Wiseman, vicepresidente de comunicaciones seguras de BlackBerry.

La mayoría de los usuarios no eligen las plataformas de comunicación basándose en un análisis de su arquitectura de seguridad. Eligen lo que les resulta familiar, lo que está ampliamente disponible y lo que es fácil de usar. Cuando una opción requiere un esfuerzo adicional y otra no, suele prevalecer la comodidad.

La seguridad y la comodidad rara vez van de la mano

Los sistemas diseñados para proteger la información confidencial suelen requerir una autenticación adicional, la separación entre las actividades personales y las oficiales, y controles que los usuarios perciben como un obstáculo. Esas medidas de seguridad cumplen una función importante, pero entran en conflicto con el deseo de completar una tarea rápidamente y seguir adelante.

Wiseman describió este ciclo como una versión de «El día de la marmota». Surgen nuevas plataformas de comunicación, la gente las adopta, surgen preocupaciones en materia de seguridad y las organizaciones reaccionan. Y entonces, el proceso vuelve a empezar.

«La comodidad tiene un precio. La comodidad aparente conlleva un riesgo», afirmó Wiseman. «Al fin y al cabo, ¿qué tiene de cómodo que, cuando sale a la luz… resulte que te han pirateado la cuenta durante un periodo de seis meses? Eso no es muy cómodo».

Gran parte del debate público en torno a la mensajería segura se centra en el cifrado. Wiseman sostiene que el mayor reto consiste en determinar quiénes son los interlocutores, conservar los registros cuando así lo exija la ley y garantizar la rendición de cuentas por las actuaciones oficiales. Esas obligaciones no desaparecen por el mero hecho de que un mensaje sea privado.

El auge de los programas de «trae tu propio dispositivo» ha complicado la gestión de esas responsabilidades. A medida que las comunicaciones personales y profesionales comparten cada vez más los mismos dispositivos y aplicaciones, los empleados se ven obligados a sortear los límites que antes imponía la tecnología. La mayoría no intenta eludir los requisitos de seguridad, sino que simplemente trata de que el trabajo siga adelante.

El cumplimiento normativo funciona mejor cuando la tecnología se encarga del trabajo

Esa misma tensión se observa en la gestión de documentos.

Las políticas pueden indicar a los empleados qué comunicaciones deben conservarse y la formación puede explicar los requisitos de conservación, pero ninguna de las dos cosas cambia el hecho de que el mantenimiento de registros rara vez es la tarea más urgente a la que se enfrenta un empleado con mucho trabajo.

«Creo que pedirle a la gente que se las apañe por su cuenta es un poco ridículo», afirmó Wiseman.

Lo que quería decir no es que los empleados no estén dispuestos a cumplir las normas. Más bien, los sistemas suelen dar mejores resultados cuando el cumplimiento está integrado en la tecnología, en lugar de depender de que los usuarios recuerden pasos administrativos adicionales.

Esa filosofía refleja una lección más amplia sobre la seguridad. Por lo general, las organizaciones obtienen mejores resultados cuando diseñan controles basados en el comportamiento humano previsible que cuando esperan que sea el comportamiento humano el que se adapte a los controles de seguridad.

El Gobierno ha realizado importantes inversiones en la protección de las redes y la información. Wiseman señaló que las agencias también necesitan herramientas que los empleados elijan utilizar de forma sistemática. Cuando los sistemas autorizados plantean obstáculos que las aplicaciones comerciales evitan, los trabajadores se decantan naturalmente por alternativas.

Recrear el límite

Esa misma línea de pensamiento subyace en una de sus recomendaciones más prácticas: mantener las comunicaciones oficiales en un entorno independiente.

«Sea cual sea el entorno de mensajería que vayas a utilizar para las comunicaciones oficiales, debe ser, sin lugar a dudas, diferente del que utilizas para las comunicaciones personales», afirmó. «Esto te ayuda a recordar: estoy abriendo esta aplicación porque estoy realizando tareas relacionadas con la administración pública».

Las aplicaciones independientes no solo sirven para aislar los datos, sino que también dejan claro que existen diferentes responsabilidades. El mero hecho de acceder a un espacio de trabajo específico puede reforzar las expectativas en materia de seguridad, responsabilidad y mantenimiento de registros.

La tecnología cambia. El comportamiento humano, no.

Wiseman no cree que el debate subyacente vaya a desaparecer.

«Quizá algunas de las aplicaciones sean diferentes. Pero los aspectos fundamentales de los que hablamos en relación con la identidad, el comportamiento personal y la gestión de registros, nada de eso cambia», afirmó. «Es un aspecto constante de nuestra forma de comunicarnos y de hacer negocios».

Seguirán surgiendo nuevas plataformas de comunicación, y los equipos de seguridad seguirán haciendo frente a nuevas amenazas. Pero el reto recurrente es más antiguo que cualquier tecnología concreta.

La gente tiende a recurrir a herramientas con las que está familiarizada, sobre todo cuando el ritmo de trabajo es acelerado y los riesgos asociados a un fallo de seguridad parecen lejanos. Es poco probable que esa realidad cambie.

Para los responsables de seguridad, el objetivo no es cambiar la naturaleza humana, sino crear sistemas de comunicación que tengan en cuenta esta realidad.

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